Dejé de buscarte
porque había logrado volver a dormir por las noches.
La nana de las diez consiguió amansar a mis fieras.
Y a mis demonios.
Más o menos.
Pero últimamente he vuelto a recorrer playas llenas de gente con la marea agitada,
y a toda prisa.
Como si tuviera algún sitio al que llegar tarde.
Como si después de atravesar un mundo entero de vertederos humanos
y caminos desdibujados
fuera a encontrarte esperándome junto a la línea de meta.
Soy La Princesa
y he venido a rescatar a Mario.
Solo por llevar la contraria,
como si tuviese tu capacidad de darles la vuelta a los días
cuando empezaban a ponerse negros.
Dejé de rezar desde aquel día.
No es que haya dejado de creer,
sería imposible después de haber visto tu milagro.
Pero pensé que quizás podría chantajearle
(yo siempre creyéndome tan importante)
y te devolvería a mi vida con tal de que le devolviese la palabra.
Aunque,
lo sé,
no se te puede devolver algo que nunca te ha pertenecido.
¿Sabes?
Todavía guardo el beso de la nariz,
el que me dabas cada vez que no querías despertarme
(aunque nunca funcionara).
Lo tengo muy escondido,
no vaya a encontrarlo,
porque ya sabes lo tonta que me pongo cuando bebo,
y lloriquear
nunca fue mi estilo.
Ayer te vi en la cara de un desconocido.
Y te eché de menos.
Porque últimamente soñar
ya no se parece tanto a estar contigo.
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