jueves, 8 de junio de 2017

“CUANDO SEA DOMINGO, 

TE ACUERDAS DE MÍ”


(Esta historia la guardo en el corazón desde hace tiempo...Os presento al mejor Domingo del mundo)



Domingo no es un “abuelo” cualquiera,
él es muy especial.
No era él quien tenía que enseñarme a mí,
si no que yo era su maestra y él mi alumno.

Le enseñaba a reconocer y nombrar los colores,
o por lo menos,
ese era el objetivo.
Cada tarde al empezar la clase, le veía allí,
en la mesita redonda del rincón del aula,
sentado frente a Pablo, el segundo de mis dos únicos alumnos.
Creo que todos los días, sin excepción, mantuvo la misma expresión,
la alegría y las ganas de aprender le salían por los cuatro costados,
y sobre todo,
de demostrar lo que sabía.

También es verdad que cada clase con ellos era como la primera,
pero ese es otro cantar.

Lo guardo como si hubiera sido este mismo verano
cuando yo le ponía delante la caja llena de figuras geométricas de colores,
y le invitaba a elegir una para,
a continuación,
preguntarle por su color.

Siempre me respondía el primero que se le pasaba por la cabeza,
demostrando sentir una cierta debilidad por el rojo,
sin importarle que yo le corrigiera una y otra vez.

Cuando yo miraba a Pablo y le preguntaba por algún color,
 éste miraba a Domingo expectante,
quien le decía en voz muy baja,
tratando inútilmente de que yo no me enterara,
un color cualquiera, y Pablo me transmitía las palabras de Domingo al instante.
No podía evitar reírme ante el panorama que vivía cada día con ellos en esas clases,
tan divertidas.

Yo quería lograr que Domingo aprendiera conmigo,
al menos un color       (el rojo, que tanto le gustaba),
pero fui yo quien aprendió de él.

Y en la despedida no hubo tristeza,
solo una excesiva carga de emoción contenida,
y su frase,
que recordaré toda la vida:
“A partir de ahora, cuando sea domingo,
 te acuerdas de mí,

porque yo me llamo Domingo”.

Final In - Feliz.


Mantenía el gesto serio. 
Impasible. 
Solo traicionado por unas diminutas gotas que de vez en cuando recorrían su mejilla 
antes de tirarse al vacío.

No había terminado de hacerte feliz. Decía con cada lágrima.
Él deshaciéndose en excusas 
que la iban deshaciendo más a ella.

Ella mirándolo a él, 
y a la calle vacía 
que parecía burlarse de ella diciéndola: “Mírame, soy tu reflejo”.
Encendió otro cigarro 
y se acordó de la china que guardaba entre calderilla en el monedero de Mickey Mouse. 

A él parecían no acabársele las palabras.


mientras tanto, 
seguía sin amanecer.