lunes, 31 de marzo de 2014



Que me desees cuando despiertes.
Y cuando te acuestes.
Y hasta durmiendo.

Que recites mi nombre como poesía.
O como una oración.
Y te revuelvas en tu cama buscándome entre las sábanas.

Que me desees,
joder.

Las 24 horas del día.


Dejé de buscarte 
porque había logrado volver a dormir por las noches. 
La nana de las diez consiguió amansar a mis fieras. 
Y a mis demonios. 
Más o menos.

Pero últimamente he vuelto a recorrer playas llenas de gente con la marea agitada, 
y a toda prisa. 
Como si tuviera algún sitio al que llegar tarde. 

Como si después de atravesar un mundo entero de vertederos humanos 
y caminos desdibujados 
fuera a encontrarte esperándome junto a la línea de meta. 

Soy La Princesa 
y he venido a rescatar a Mario. 
Solo por llevar la contraria, 
como si tuviese tu capacidad de darles la vuelta a los días 
cuando empezaban a ponerse negros.

Dejé de rezar desde aquel día. 
No es que haya dejado de creer, 
sería imposible después de haber visto tu milagro. 
Pero pensé que quizás podría chantajearle 
(yo siempre creyéndome tan importante) 
y te devolvería a mi vida con tal de que le devolviese la palabra. 

Aunque, 
lo sé, 
no se te puede devolver algo que nunca te ha pertenecido.

¿Sabes? 
Todavía guardo el beso de la nariz, 
el que me dabas cada vez que no querías despertarme 
(aunque nunca funcionara). 
Lo tengo muy escondido, 
no vaya a encontrarlo, 
porque ya sabes lo tonta que me pongo cuando bebo, 
y lloriquear 
nunca fue mi estilo.
Ayer te vi en la cara de un desconocido.
Y te eché de menos.

Porque últimamente soñar 
ya no se parece tanto a estar contigo.


Te despertarás cada noche cuando caigas al vacío
y te acordarás de mi,
de nosotros.
Del quiero y no puedo en el que nos has convertido.
Y maldecirás mi nombre
refiriéndote,
en el fondo,
al tuyo.
Me creíste tuya,
y lo era.
Joder,
lo sigo siendo,
después de todo.
Pero eso nunca ha atado a nadie.
Quiero decir que te equivocaste
al abandonar tan pronto.
Antes,
siquiera,
de haber empezado con las manualidades.

(Es aquí donde encaja eso de "tú ya me entiendes", ¿no?).


Por amor a amArte



Querías fundar un nuevo mundo.
Creo que me lo enseñaste una vez.
Había piratas con barba roja
pero sin botella de ron,
se habían pasado al gyntonic.
Dormir era una pérdida de tiempo
porque lo que escribió un día un viejo,
tú lo habías hecho realidad.

La vida era sueño.

La mierda de rutina en la que vivíamos,
en la que seguimos viviendo,
esa,
la convertiste en un juego en el que siempre ganábamos los dos,
aunque no sin nuestro par de buenas hostias en cada partida.
Me regalaste aquella habichuela mágica que yo planté y cuidé
para luego fumárnosla en nuestros ratos libres.

Y así,
nos pusiste patas arriba
porque el mundo del revés se ve mucho más bonito,
porque creíste que los que habían inventado el juego nos copiarían,
y con la sangre regándoles el cerebro
cambiarían un par de normas.

Al final no cambiaste nada,
pero yo me sigo pasando por allí de vez en cuando,
a ver que se cuentan los enanos.

Simplemente.
Por amor a amarte.
Si vieras el silencio
sentado junto a mi cama golpeándome
con todos los jamases.
Acusándome.
Contándole a mi miedo lo de los errores.
Y brindando a carcajadas
con los restos de mi pasado.
Solía ir dejando migajas a mi paso,
ya sabes,
para encontrar el camino de vuelta.
Pero a otra persona cualquiera
se le ocurrió la misma idea.
Aunque no creo que nadie quisiera regresar a este lugar.
Supongo que el viento,
con su risa inconsciente,
nos cambió los caminos,
y yo no sé donde encontrarle.
Es tan cambiante como el trago que una vez probé
-felicidad, lo llamó el barman-.
Me tomaré otra copa de hielos derretidos
a la espera de que pase,
no sé quién,
o qué.

Solo espero que se quede a brindar conmigo.

domingo, 30 de marzo de 2014

Cada día un poquito más.
Como rateros con puñales rajándome el orgullo centímetro a centímetro 
con tal de cubrir un día más su necesidad o sus vicios.
Deleitándose con el fluir de la sangre.
Como alimañas. 

Alimentándose del placer de ver cómo encajo sus golpes. 
Y sus mordiscos. 
Puedes correr todo lo que quieras 

pero estarás siempre en el mismo punto. 
Porque las cadenas que te atan a esa puta silla 
son las que te pones tú mismo.
Te dan dos opciones: báilanos el agua, 

o el fuego (lo que prefieras) 
como si rezaras a tus dioses, 
que es lo que seremos para ti.
La siguiente opción consiste en pudrirte de rabia 

y conservar tu libertad 
pero enlatada al vacío. 
Yo aposté por firmar mi enajenación, 

con esperanza en la siguiente vida. 
Pero su maldita impuntualidad me está rompiendo los nervios, 
y la calma también.

Tiré de tanta gente queriendo llevarla tras de mí 

que ahora cuando hablo 
creo que la mejor respuesta es la de mi eco. 

Y recuerdo que tú me decías: 

"Algo siempre es más que nada". 

Y también: 

"Más no siempre significa mejor".

Y yo le sigo dando vueltas 

como si fuera una ruleta, 
jugando siempre al negro. 
Siempre. 

Hasta que este puto juego por fin me dé la razón 

y pueda ir a buscarte para decirte: 
"Ya rompí aquel contrato. 
Y he venido a jugar perderme contigo. 
Y a perder. 
Ya sea la cabeza o la ropa.

Empecemos."
Una mañana, de lunes, de enero. 
Un comienzo en toda regla.
En el pasillo vacío solo él y ella.
"Esta vez no te escapas" y lo decía muy seguro.
Ella se revuelve en sus brazos. 

Por cubrir su papel, ni mucho menos por liberarse. 
Y se escapa un "No vas a besarme".
"¿No lo habías pensado mejor?"
"Y tú rechazaste mi oferta. Solo eres un fantasma."
"Ah, ¿si?"
"Sí."
Y ya no había espacio para palabras entre sus bocas, solo roce de labios. 

Y de lenguas.
Y una sonrisa pícara en los labios de él.

De incredulidad en los de ella.
¿Sabes?
Ese momento
sentado en el asiento trasero del coche
con el cuentakilómetros corriendo
al ritmo de las ruedas. 
Y tú, 
con los cascos puestos,
escuchando cualquier canción
de cualquier músico con aires de rockero drogadicto
de los sesenta,
mientras miras por la ventana cómo pasan los árboles,
la carretera,
los campos llenos de animales rumiando
(curioso paralelismo
entre tú y ellos,
ellos tragando hierba para limpiar su estómago
a modo de purificación,
tú rumiando
tus estúpidas rayadas, intentando sacar toda esa mierda...).
No sé si sabes de qué te hablo.
Pero me encanta
esa sensación. 
Veo pasar todos esos paisajes y no puedo evitar pensar que dejo algo atrás.
(Ojalá)
No sé,
pero me gusta pensar,
imaginar,
que soy yo la que se va.
Sola.
Huyo.
Escapo
de una vida con la que juego a conformarme
cada día. 
Pienso en el porro que me fumo
al llegar a ningún lugar.
Al lado del coche.
En el tercio que pillo
en la gasolinera de cualquier parada en el camino.
En tirarme en cualquier playa
y sacarme otra china.
Darme un baño.
O dormirme al sol.
No sé.
Sí, no sé.
Ni puta idea.
Para qué saberlo. Hacer un plan.
Dejo de pensar estupideces.
Miro el reloj.
Y pienso en el cigarro que me fumaré dentro de 35 minutos.
A ver si se acaba ya esta puta clase.
(Tiene que ser la primera publicación. Fue de las primeras cosas que escribí.
Quien sea aficionado a las películas de Ricardo Darín reconocerá el título. 
La verdad es que acababa de ver esa peli antes de escribir esto aunque no tengan que ver una con lo otro.
Así que se puede decir que este micro-texto fue inspirado por un título, que me recordó a una historia.

Ahí lo dejo.)


El mismo amor, la misma lluvia...



Entre tímidos latidos
que poco a poco amenazaban con desbocarse
se introdujeron en aquel beso
que 
bautizado por la lluvia
marcaba un comienzo.

El comienzo de un amor
que no sería eterno.

El comienzo de un amor
cuyo final sellaría
la misma lluvia
que un día lo quiso bendecir.