miércoles, 16 de abril de 2014



El monstruo...

(de todos nuestros armarios).



He estado soñando últimamente
con aquello que me contabas 
cuando decías que no podías seguir, 
que veías mucho más cuando cerrabas los ojos, 
que necesitabas 
domesticar al monstruo de tu armario 
porque así 
sentirías que había al menos una cosa en este mundo que te pertenecía 
porque tú mismo 
la habías hecho tuya.

Supongo que te escondías, 
nos escondíamos en eso 
porque resulta más fácil fingir que es lo único 
que conocemos. 
Que nunca nos hemos topado con la grandeza. 
Que nunca la hemos arañado buscando la rendija 
que nos permitiera entrar a formar parte de ella. 
Y sí, 
claro que he visto a la grandeza 
esculpida sobre mármol,  
coloreada sobre lienzo, 
e incluso 
pintada a lápiz sobre una triste servilleta. 
Pero, 
¿cómo iba a hablarte a ti de pintar? 
Si nadie sabe hacerlo mejor que tus labios 
cuando dibujan tu sonrisa.

Aún no ha habido nadie capaz de hablarme 
como tú lo hacías.  
De hacerme aspirar sus palabras 
como se inhala el humo de un cigarro 
después de tres cervezas. 

Y dime, 
¿no es eso ya ser grande?

Esta es la imposición que nos dan a elegir. 
El abismo que se nos ofrece. 
Tan formal 
y tan salvaje. 
Tan triste, 
tan bonito. 
Tan intangible. 

Una locura.

Una puta barbaridad.

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