El monstruo...
(de todos nuestros armarios).
He estado soñando últimamente
con aquello que me contabas
cuando decías que no podías seguir,
que veías mucho más cuando cerrabas los ojos,
que necesitabas
domesticar al monstruo de tu armario
porque así
sentirías que había al menos una cosa en este mundo que te pertenecía
porque tú mismo
la habías hecho tuya.
Supongo que te escondías,
nos escondíamos en eso
porque resulta más fácil fingir que es lo único
que conocemos.
Que nunca nos hemos topado con la grandeza.
Que nunca la hemos arañado buscando la rendija
que nos permitiera entrar a formar parte de ella.
Y sí,
claro que he visto a la grandeza
esculpida sobre mármol,
coloreada sobre lienzo,
e incluso
pintada a lápiz sobre una triste servilleta.
Pero,
¿cómo iba a hablarte a ti de pintar?
Si nadie sabe hacerlo mejor que tus labios
cuando dibujan tu sonrisa.
Aún no ha habido nadie capaz de hablarme
como tú lo hacías.
De hacerme aspirar sus palabras
como se inhala el humo de un cigarro
después de tres cervezas.
Y dime,
¿no es eso ya ser grande?
Esta es la imposición que nos dan a elegir.
El abismo que se nos ofrece.
Tan formal
y tan salvaje.
Tan triste,
tan bonito.
Tan intangible.
Una locura.
Una puta barbaridad.
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