“CUANDO SEA DOMINGO,
TE ACUERDAS DE MÍ”
(Esta historia la guardo en el corazón desde hace tiempo...Os presento al mejor Domingo del mundo)
Domingo no es un “abuelo” cualquiera,
él es muy especial.
No era él quien tenía que enseñarme a mí,
si no que yo era su maestra y él mi alumno.
Le enseñaba a reconocer y nombrar los colores,
o por lo menos,
ese era el objetivo.
Cada tarde al empezar la clase, le veía allí,
en la mesita redonda del rincón del aula,
sentado frente a Pablo, el segundo de mis dos únicos alumnos.
Creo que todos los días, sin excepción, mantuvo la misma
expresión,
la alegría y las ganas de aprender le salían por los cuatro
costados,
y sobre todo,
de demostrar lo que sabía.
También es verdad que cada clase con ellos era como la
primera,
pero ese es otro cantar.
Lo guardo como si hubiera sido este mismo verano
cuando yo le ponía delante la caja llena de figuras
geométricas de colores,
y le invitaba a elegir una para,
a continuación,
preguntarle por su color.
Siempre me respondía el primero que se le pasaba por la
cabeza,
demostrando sentir una cierta debilidad por el rojo,
sin importarle que yo le corrigiera una y otra vez.
Cuando yo miraba a Pablo y le preguntaba por algún color,
éste miraba a Domingo
expectante,
quien le decía en voz muy baja,
tratando inútilmente de que yo no me enterara,
un color cualquiera, y Pablo me transmitía las palabras de
Domingo al instante.
No podía evitar reírme ante el panorama que vivía cada día
con ellos en esas clases,
tan divertidas.
Yo quería lograr que Domingo aprendiera conmigo,
al menos un color (el
rojo, que tanto le gustaba),
pero fui yo quien aprendió de él.
Y en la despedida no hubo tristeza,
solo una excesiva carga de emoción contenida,
y su frase,
que recordaré toda la vida:
“A partir de ahora, cuando sea domingo,
te acuerdas de mí,
porque yo me llamo Domingo”.
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